Ir a la naturaleza y seleccionar una zona del paisaje,
construir en relación a ese lugar un simulacro humano
para dejarlo una vez finalizado en ese entorno.
Dejar aparecer la entidad que hace posible el dialogo entre la obra y el autor.
Que el objeto creado se convierta en sujeto y cambie.
Supuestamente siempre es la misma,  
aunque la yerba haya vuelto a brotar o pueda tener una nueva fisura.
Parece mostrar en cada momento un nuevo estado,
una respuesta al lugar que ocupa.
La identidad es un intervalo del cambio,
una sucesión de concreciones,
una tregua en la mirada.
Todas las formas del movimiento se suceden de una manera casi imperceptible.
Las pequeñas cosas son presagios de lo que devendrá a mayor escala.